Poeta en Nueva York y sus 80 años

La obra del poeta granadino, Federico García Lorca (1898),  fue repensada durante muchos años y varios de los textos que se publicaron en 1940 por la editorial Séneca de México y en la edición bilingüe que apareció el mismo año (de hecho primero que la edición de Séneca) bajo el sello Norton, habían sido revelados por el escritor a sus amigos, en tertulias que organizaban periódicamente, y también a manera de publicaciones en revistas literarias. 

Me interesa sobremanera la gestación de un libro porque ese rastro que van dejando autores, editores, compiladores, y amigos es un registro de la energía que implica la producción de un material de lectura, que en este caso, no solamente es misterioso en contenido como la auténtica poesía- naturalmente que es una idea arbitraria mía-, sino que se convierte en un fetiche, en un juguete rabioso, en un campo de batalla que repite el punto ciego del poema (poemario) o el espacio vacío del que habla la poeta Anne Carson en su Eros el dulce amargo, fuera de él, en un campo expandido como podría ser el de la edición. Un libro no es solamente un libro o podría decir también: un libro es mucho más que el objeto material o inmaterial que representa. 

Poeta en Nueva York horada el futuro enlazando, entonces, un poemario y una genética editorial, pero su belleza disforme no radica en este hecho, sino en la visión de un futuro precipitado; clarividente el poeta transita por las calles y observa todo el tiempo. Funde las ideas que ya trae consigo para un poemario que dice estar escribiendo (Poemas de la muerte) y avanza con el trabajo para otra obra (Tierra y luna). En este avatar poético irrumpe desmedida la ciudad con su geometría y realidad cruda y desaforada.

En “La aurora”, Lorca siente el amanecer como “cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean en aguas podridas”. Una imagen desasosegante en donde la luz es imposible:

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Esa visión de mundo va afianzándose en el imaginario lorquiano y el poeta nos entrega una ciudad que empieza a llenarse de insectos, en donde aparecen sus lunas como testigo del amor y de la muerte. 

Pronto se vio que la luna
era una calavera de caballo
y el aire una manzana oscura.
(Ruina)


No nos salva la gente de las zapaterías,
ni los paisajes que se hacen música al encontrar las llaves oxidadas.
Son mentira los aires. Sólo existe
una cunita en el desván
que recuerda todas las cosas.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
los insectos solos.
crepitantes, mordientes. estremecidos, agrupados,
y la luna
con un guante de humo sentada en la puerta de sus derribos.
¡La luna!
 
(Luz y panorama de los insectos o Poema de amor)

Una vez transformado su escenario de cemento en una combinación humana y animal, Federico García, va situando a los desposeídos, a los extraños, los suicidas, a los cadáveres, al marinero degollado, a la niña caída en un aljibe.  Todos cuerpos sufrientes que estallan en nuestras retinas de lectores a manera de pequeñas y grandes monstruosidades como en el poema de la multitud que vomita, precisamente para que veamos lo que es evidente, pero no queremos ver. Para ver “el veneno”, como diría el propio poeta o en estos versos de “Nocturno de Brooklyn Bridge”, llamado también “Ciudad sin sueño”:

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.

“Pero si alguien cierra los ojos, ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!” Claro que me encanta este poemario, ¿o no? Se trata de un poemario justiciero, uno que quiere reestablecer un orden perdido, que castiga todo un sistema, una forma de producción. Un poemario que logra situarnos en la crisis financiera, y sobre todo moral,  de una ciudad, pero al mismo tiempo del mundo. Es posible que el episodio del suicidio de la gente por la Depresión que Lorca dice que ve, pero que no ve (la correspondencia dice que en realidad le contaron) tenga una continuidad hoy. Se ha propagado en el tiempo una crisis que en el presente podría ser esta misma pandemia. Pudimos ver en directo cómo los animales empezaron a habitar lo que habíamos abandonado. Cruzaron calles, avenidas, corrieron entre edificios. Siempre pensé en las calles de Poeta en Nueva York y en eso que se empeñaron en llamar rasgos surrealistas… y solo hasta hoy pude verlo.

“No preguntarme nada. He visto que las cosas cuando buscan su curso encuentran su vacío”, dice el poeta en 1910, poema que pertenece al apartado “Poemas de la soledad de Columbia University”. Una vez más García Lorca nos recuerda ese sinsentido, esa imposibilidad de futuro esa caída que nos lleva al vacío. Intento imaginar cómo se habrá sentido mi Federico García en ese largo viaje trasatlántico que lo llevaría al brutal autoconocimiento que le posibilitó Nueva York.

Ingrávido, caminante, alucinado por su clarividencia despeñándose hacia la noche. Tan solitario.

Autorretrato. Dibujo original de Federico García Lorca publicado en la primera edición de Poeta en Nueva York.

Un comentario

  1. Lorca es un poeta maravilloso, de pronto recordé mi adolescencia cuando interpreté a la novia en Bodas de sangre y desde allí no he dejado de amarlo. De toda su obra me gusta especialmente esta Poeta en Nueva York.

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