Alucinados

No sé si quepa presentar a Henry Miller. Yo creo que su fama lo precede tanto que su obra literaria se queda en la distancia. Con sus libros pasa que se los nombra, pero es muy probable que no se los haya leído. Y recuerdo el rechazo que le causaba a una profesora mía de Literatura por misógino, y casi estoy segura que una vez dijo algo así como que “Este hombre piensa que todas las mujeres somos solo una vagina”. Pero también recuerdo a otra profesora, -mucho antes-, es decir, en mi etapa de bachillerato que nos habló de Anaïs Nin, soltó el nombre de la novela de Miller, Primavera negra (1936), que la autora de Pájaros de fuego costeó para que Obelisk Press la publicara. Y como tengo el mejor de los recuerdos de la profesora de Psicología, o sea la del colegio, cuando escuché a la segunda profesora (apreciada también), rechazar al autor, decidí tomar por los cuernos al toro que es para mí abrir el libro y leer y nunca más dejar que nadie me llene la cabeza de ideas, aunque tengo que aceptar que sí, que también de vez en cuando me dejo llenar de ideas.

La frase de que las mujeres solo éramos una vagina para el escritor resonaba y resuena hoy de una manera muy distinta. Tal vez no reparé jamás en el “solo”. Ella dijo “solo somos una vagina”. Era una frase bien construida, hasta brutal diría, porque las mujeres jamás seremos solo eso (ella tenía razón), pero claro que sí somos vagina también, y eso me enorgullece porque esa parte innombrable del cuerpo, en muchas de nosotras, aún permanece como un propio espacio de oscuridad. Pero más allá de todo esto yo tenía curiosidad y me puse a leer al sujeto misógino, tan misógino, como casi todo lo que me rodeaba, incluyendo a varios de mis propios profesor@s, que hacían tantos enunciados que yo veía difícil que pudieran cumplir en la práctica. Y no es una crítica destructiva, todo lo contrario; es solo mi manera de pensar en cómo las personas somos una contradicción.

Miller nació en Brooklyn en el distrito 14 en 1891 y vivió hasta 1980. Es posible que su obra más comentada sea Trópico de Cáncer (1934) , aunque además, publicó Trópico de Capricornio (1939), Sexus (1949)(La crucifixión rosada), Plexus(1953), Nexus (1960), y quiero señalar algo muy trascendental para quienes aman la poesía y es que en 1952 apareció El tiempo de los asesinos, su estudio sobre Rimbaud. Son más de 30 libros publicados, muchos de ellos envueltos en temas de censura. En Estados Unidos no se editó ninguna de sus obras sino a partir de 1961. Y mientras vivió en París durante la época posterior a la Gran Depresión pasó hambre hasta que consiguió un trabajo como corrector de estilo del Chicago Tribune. Fue aquí en donde tomó contacto con el surrealismo que definitivamente marca su obra.

Sleep and Awake (1975) Miller desde el baño de su casa.


Escojo Primavera negra como parte de Deseo Invencible que es el Club de lectura de La casa morada, un espacio que ya ha cumplido 10 u 11 años, como me recordó Alegría Barrezueta, fundadora y lectora empedernida, sobre todo porque quiero despertarme de una pesadilla del mundo real: la pandemia. Porque la Literatura nos puede llevar hacia otras pesadillas, pero también arrasarnos, delirarnos, golpearnos, y solo así sabremos que estamos viv@s. Entonces, Miller es el segundo, después de Nïn, y empiezo con esta relectura que recuerdo como apasionante, y sobre todo, distante del comentario de la profesora dos, o sea la que habló de la misoginia de Miller. Y me doy cuenta de que ella no necesariamente habló del libro sino del hombre. Y yo me dedico al libro, porque el hombre está muerto y si estuviera vivo y fuera una persona cercana -y si es cierto que es misógino-, no sería parte de mis amigos, pero confieso que sí leería sus libros que son mucho más que retratos de mujeres que solo son vaginas. Y me pongo frente a un dilema del cual siempre es importante debatir, porque como digo, es un dilema abierto. En este tiempo ya no tiene sentido que las ideas, los libros y cualquier cosa sea cerrada. Siempre existe la posibilidad de revisar, de revisarnos a nosotras mismas, de transformarnos y sobre todo, de retractarnos si fuera necesario. Lo que sí es inexcusable es negarnos a tomar las riendas del toro, porque tomarlas complejiza, por supuesto, nuestros lugares de enunciación que podrían ser muy confortables. Si algo me perturba me alejo (y lo entiendo, porque por sanidad vale la pena y estamos en nuestro derecho), pero evito la discusión y la disputa y así me pierdo del intercambio de esos otros y otras, diferentes.

Pero además, creo que una obra que se pone a circular ya no es exclusividad del autor o autora. Hay algo que se vuelve comunal, también en el hecho de poseer y apropiarnos de unos ciertos enunciados de esas obras, que se convierten en dispositivos para todas las personas y que tienen un valor ya muy ajeno a su creador o productor. Ninguna de estas cosas implica justificar al aut@r y su misoginia o perpetuar su violencia. No sé por qué parecería que estoy hablando de Miller. Pero no, no hablo de él.

Con Primavera negra ocurre que su flujo vital lo impregna todo. Los pequeños héroes cotidianos que van apareciendo se vuelven entrañables. La elección que hace el autor de escoger, para abrir su narración, una cita de Miguel de Unamuno, que alude a creer la leyenda detrás de la que nos ocultamos nos hace pensar en cómo MIller colocará en escena a su personaje central que es él mismo. “¿Soy como yo creo ser o como los demás creen que soy?”, dice Unamuno. Miller empieza su confesión descarnada sin indulgencias, como el niño que crece en la calle y se convierte en un vagabundo, porque “Nacer en la calle significa vagar toda la vida. Ser libre”. Aquí el primer ingrediente de la respuesta a la pregunta de Unamuno. Ser libre. Luego nos dice: “Significa, sobre todo, ensueño”. Miller le da al vagar un sentido epistemológico. Una forma de conocer el mundo y a la gente, porque como él mismo dice, si esto no ocurre, igual lo vamos a inventar todo.

En una entrevista del año 1956 Miller lanza esta frase: “Somos cuerpos ocupados que no sabemos nadar en el río de la vida”. Y mientras avanzo con Primavera negra reparo en que he enviado a mis alumnos del Taller de Poesía un libro que tiene dos libros juntos. Yo debía pasarles solo Hospital Británico (1986) de Héctor Viel Temperley (1933-1986) , pero les envío una edición en donde aparece también otro de sus poemarios: Crawl (1982), y este poemario místico sobre un nadador, me recuerda a Miller y Miller, el escritor, a Viel, otro alucinado. Y no sé por qué ahora estoy escribiendo de Viel sino fuera porque debe haberse colado su esquirla, como el llama a sus versos, en mi memoria. Tal vez quise escribir sobre Hospital Británico y no sobre Primavera negra… Lo cierto es que los dos libros son fiebre, alucinación y delirio.

Héctor Viel Temperley.

“Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la
Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo”.

Mientras Viel escribe la que para mí es su obra cumbre estaba agonizando. Un tumor crecía y lo expulsaba del mundo tal como él lo conocía, pero a través de este poemario experimenta ir hacia lo desconocido que no es la muerte, sino su cuerpo. Logra enunciarlo con una claridad y una radicalidad apabullantes. Y Miller desde su obsesión y casi paranoia nos permite vislumbrar que el poder del recuerdo es deseo, y que la intensidad y el asombro, por alguna razón se empeñan en señalar una posibilidad de futuro.

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