Anidar la melancolía

Hoy es día de Domingo, como la canción de Tim Maia, como los cuentos que aluden a este día, como el día más feo de mi infancia porque no iba a la escuela y porque todos en mi casa se despertaban un poco más tarde. Como fui niña madrugadora, no lograba entender cuál era ese placer de dormir tanto. Hoy, de vieja, sigo madrugando, pero ahora sí entiendo el placer del sueño. Lo que se nos escapa, extrañamos sin remedio. A veces, solo por eso, porque se nos escapa o porque jamas hemos conocido o tenido o disfrutado. 

El domingo también era mi día del descubrimiento. Mientras iba creciendo todo cambió. Llegaba el periódico y con él siempre otra sección más, una que tenía historietas, crucigramas, juegos. Me convertí en editora no porque amaba los libros -y no es que no los ame- sino porque era una fanática del periódico, solo que antes no había reparado en ello. En estos días en que indago, una vez más sobre mí, reparo en que mi cultura imaginaria tiene un enorme asidero en la prensa, en la miscelánea, en el folletín, en la sección policial y por eso, en parte, hago conexiones entre la radio descompuesta de mi casa, Manuel Puig, Agatha Christie, Monstruocinema, el Parchís, las piscinas inflables, los cromos de los álbumes sin completar, justamente porque me faltaba siempre una estampita ¿Qué cosa no es lo que la memoria elabora, reelabora y luego olvida?  Entonces mi melancolía proviene de mi memoria, supongo.

Este domingo quería hacer un playmovielist de mis hits de terror y vampiros, a propósito de la conversación con el Lector semiótico, pero luego supe que desaparecía El telégrafo y me indigné, y nada, ya nada. Pero luego amanezco con otra noticia triste que es la muerte de Juan Marsé (1933), y siento una nostalgia, porque no hay una sola muerte. Las formas de la muerte se abren como abanico: la muerte de siempre, la de los accidentes, la de estar muerta en vida, la de vivir como si se estuviera muerta, la muerte de los amigos, de los padres, la muerte del amor, la muerte en la vejez, la muerte de alguien que nunca pudimos conocer, la muerte de fingir la muerte; la muerte de la misma muerte.  Y cada una viene con un duelo diferente… y nunca pude conocer a Marsé, pero además, conocí su literatura tarde. O tal vez, no tanto.

Estaba pensando por qué me gustó tanto Últimas tardes con Teresa (1966). Como digo, descubro tarde a este escritor nacido Juan Domingo Antonio Faneca Roca, autor de la generación del 50, contemporáneo de Juan Goytisolo, Terenci Moix, Eduardo Mendoza, y amigo, también de Jaime Gil, militante del partido Comunista Español por un período breve, cuya novela Si te dicen que caí  (1973) fue censurada y publicada primero en México (1976), que en España. Creo que puedo aventurarme a decir que sentí una conexión increíble al reconocer algo que yo creía profundamente latinoamericano. Es decir, que había leído en la literatura de este lado del mundo: historias sociales con personajes que vivían en espacios marginales, periféricos, que no es que yo pensara que solo existen en Ecuador o en América Latina, sino que no los concebía en mi imaginario sobre algunas ciudades como Madrid o específicamente Barcelona. Si algo que nos entrega Marsé es ese desarrollo, ese crecimiento de la ciudad, esa transformación que va ocurriendo al igual que mutan sus personajes, y que nos traslada a unos momentos que no son el presente, aunque como decía él: “El pasado es eso que siempre está ocurriendo”.
Barcelona tan parecida a Guayaquil, podría decir. Seguro esto causaría revuelo, pero para nada: construcciones con cartón, casas levantadas con restos de materiales de cualquier cosa, personajes que se hacen pasar por quienes no son, que viven una vida distinta de la que los o las vio nacer. Tal vez sean cosas que ocurren en muchos sitios, es posible. Pero a mi se me hizo tan próximo, tan extraño reconocer en esta literatura, y tan entrañable a mi propia ciudad, a mi propia historia de Guayaquil en sus cerros, en ese Sur laberíntico.  La cuestión es que se trata de una ciudad que aún está ocurriendo. Al menos aquí, está ocurriendo todavía. No sé si sea el caso de la Barcelona de hoy.

Los imprescindibles, dedicado a Juan Marsé Carbó

Marsé fue joyero, traductor, profesor de español, trabajó, también en el Instituto Pasteur en París. Ganó el premio Cervantes en 2008; antes, en 1978 había ganado el premio Planeta, y también fue finalista del Biblioteca Breve Seix Barral en 1960 por Encerrados con un solo juguete. En 2005 se retiró como jurado del Planeta por negarse a premiar algo que consideraba puro mercado y poca literatura. Fue un polemista, simplemente era así; anticlerical y antinacionalista.

En la novela Últimas tardes con Teresa, hace un retrato de la clase burguesa catalana representada por un grupo de estudiantes que tienen como figuras sobresalientes a Teresa Serrat y Luis Trías de Giralt, y al mismo tiempo va urdiendo la presencia de otra realidad que se manifiesta en la barriada de Monte Carmelo, una colina que se levanta junto al parque Güell; lugar que inicialmente fue muy parecido a las chabolas, pero que en el presente de la novela ha mejorado un poco (verano de 1956, año en el que nace el frente universitario e intelectual de la oposición política antifranquista), y que está habitado por toda suerte de seres marginales: niños desarrapados, mecánicos, y como dice el narrador omnisciente: “…gentes de trato fácil, una ensalada picante de varias regiones del país, especialmente del Sur…”  (Marsé, 1975, p.13).  

El personaje que representa este barrio, esta otra cara de Barcelona es Manolo Reyes, más conocido como “Pijoaparte”. Podría decirse que entre el primer grupo, el de los universitarios rebeldes y los pobres de la barriada hay una relación de espejo invertido, que se establece por las diferencias entre ellos, pero Marsé va más allá de los estereotipos de una clase u otra porque dota a sus personajes de una humanidad que se escapa -en parte- al molde del estereotipo: los complejiza, hace más densa esa realidad, y por ello, esta novela es mucho más que una representante del realismo social. 

La articulación entre estos dos mundos se da por la relación que surge entre Teresa y Manolo; enfrentando, por tanto, las dos realidades, las dos clases sociales. A través de ella nos asomamos al universo burgués de unos estudiantes politizados, pero también a la burguesía en general y a su supuesta vacuidad o pseudoconciencia política, a la superficialidad.  Manolo es una especie de pícaro (camaleónico por supervivencia), que según recogen los críticos Shirley Mancini y José Carlos Mainer (1999), en su texto sobre la época contemporánea de la novela española, posee rasgos románticos también, y por los cuales, califican a esta novela como una obra híbrida y original que permite una desmitificación de la sociedad española.

Como sostuve anteriormente, considero que Últimas tardes con Teresa va más allá del realismo social puro puesto que, creo yo, hay una preocupación por el lenguaje que tiene que ver con lo poético en la construcción de espacios, un cuidado especial en la elaboración de los personajes y los detalles, dotando de intimidad al relato: las imágenes de las cometas volando, el confeti elevado a los aires por una ráfaga de viento, o “Pijoaparte” bajando de su cerro y entrando a la mansión a la que no ha sido invitado, verlo tomar un trago y luego adentrarse en una fiesta ajena.
Otro elemento que incrementa el valor estético de esta obra es, desde mi punto de vista,  la narración cinematográfica de algunos momentos.  Recordemos que en 1950 se pudo ver en Madrid, clandestinamente, Roma ciudad abierta, obra cumbre del neorrealismo italiano. Esta película recrea un momento de la ocupación Nazi y de la resistencia, por tanto, esta temática, podría tener alguna relación con la elección de la historia de Marsé (y no solo de él), además de su técnica al contar algunos episodios.

Justamente, la técnica narrativa es notable en Últimas tardes con Teresa, pues el narrador proporciona una gran carga de información sobre la barriada que es descrita antes de la guerra y en la que había casitas de una sola planta y a la que llegaban de retiro comerciantes de clase media de Barcelona. Aparentemente, estos primeros pobladores se fueron al ver llegar a los refugiados de los años cuarenta o, como señala el narrador, intuyeron que el barrio se convertiría en una especie de gueto. 

En varias instancias del relato se nos da señales de lo que pasará en el futuro (prolepsis) con ciertos comentarios del narrador omnisciente que nos anticipa, no solo unas acciones o hechos específicos, sino una suerte de imposibilidad:

“El melancólico embustero, el tenebroso hijo del barrio que en verano ronda la aventura tentadora, el perdidamente enamorado acompañante de la bella desconocida todavía no lo sabe, todavía el verano es un verde archipiélago” (Marsé, 1975,p. 5).

Un documental de Televisión Española dice que, en las obras de Marsé, está presente “…la estética de la derrota y la renuncia”.  La escena o descripción inicial de Últimas tardes con Teresa es memorable, además de cinematográfica (narrador en tercera persona objetivo), porque nos sitúa en un ambiente edulcorado por los confeti, con los dos protagonistas abrazados y caminando por unas calles desiertas de un barrio suburbano en el último día de Fiesta Mayor, en donde ya no queda nada de la celebración.  Desde que abrimos la novela el sabor a melancolía y desasosiego se hacen presentes. Como lector@s no podemos mantener la calma ante la historia que vamos a descubrir.

Marsé nos revela la hipocresía social y se me queda grabada esta frase, justo hoy, un día de domingo:  “… con el tiempo unos quedarían como farsantes y otros como víctimas …todos como lo que eran: señoritos de mierda” (Marsé, 1975, p.236).

A mi solo me queda no olvidar incluir a Marsé entre las próximas lecturas de mi curso de Literatura española. Es lo mínimo que puedo hacer.

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