Una novela, caja de resonancia del desierto

Se escribe desde la niebla hacia la
niebla.
Lo que envejece dentro de mí es el territorio.

E. Carrión

Apuntes de lectura sobe Desierto Sonoro 1

  1. Creo que Desierto Sonoro (2019) muestra una técnica de indagación de archivo que tiene su origen en las ciencias sociales, y cuya transposición hacia la literatura enriquece la posibilidad de tejer un soporte narrativo, pero también las posibilidades de lectura. No se trata solamente del archivo como “sistema de almacenar” las memorias o reordenar el caos como dice la narradora cuando cita a Walter Bejamin: “La necesidad profunda de lidiar con el caos del ‘recuerdo”.
    “El archivo ante todo es la ley de lo que puede ser dicho, el sistema que rige la aparición de los enunciados como acontecimientos singulares”. En este sentido, Edgardo Castro, señala que la arqueología es la ciencia del archivo. El archivo no es solo acumulación “amorfa”, y es por ello que hay unas reglas del archivo que definen los límites y las formas de lo que es posible hablar (qué ha sido constituido como dominio discursivo, qué tipo de discursividad posee este dominio; por otro lado qué enunciados pueden ingresar en la memoria y los límites o formas de apropiación). No en vano las siete cajas que la pareja “original” decide llevarse al emprender este “descendimiento” guardan todo tipo de materiales. En ese guardar, en esa archivología, la narración propone unas jerarquías y unas formas de reconstitución de la identidad de la narradora que funciona a manera especular. Ella mira y observa y documenta todo, no solo sonidos y va habitando su propio desierto, ese al que ha llegado, aparentemente, acompañada de su tribu.
  2. El material de archivo (las siete cajas) se contrasta con las narraciones de los personajes, las voces, los registros. Podría decir que hay relatos enmarcados múltiples en esta novela. Cada episodio de juego de los niños, cada sonido que lleva a una voz a contar otro episodio del pasado, pero también las otras historias que componen este escenario sonoro que plantea la novela constituyen micro historias, relatos múltiples. Estas cajas son curadas por los personajes de Desierto sonoro, y nosotr@s l@s lector@s vamos, también, haciendo nuestra propia curaduría de ellas. Se trata de una novela que otorga una alta participación a los lectores y esto no es casual. El ordenamiento final de la novela será hecho por nosotr@s. Pensemos en la lectura como una posibilidad de creación de sentidos. Una actividad altamente compleja que necesita de todas nuestras competencias.
  3. En este sentido me gusta pensar esta novela como artefacto. Los artefactos no tienen una finalidad definida, pero sabemos que son un complemento entre arte y técnica. Pensar la novela como artefacto no es una novedad, pero si Desierto sonoro se plantea como artefacto es porque su autora trabaja con la forma de la novela y la expande o la estalla de tal manera que amplía sus posibilidades. El vehículo para contar, esa plataforma “novela” se metamorfosea y tal vez la novela ya no deba llamarse así (novela) o puede seguir llamándose de esa forma, pero expandir sus sentidos. El cuerpo denominado novela, como bien enunció Cecilia V., ayer, es una hermosa amalgama de variados registros, incluso de aquello que no se dice o se dice a medias. ¿Qué es lo que esta novela dice a medias o no dice?
  4. Desierto sonoro es también una cartografía que nos remite a los grandes libros de viajes del siglo XIX, a la exploración del espíritu. Hay una atmósfera de contrastes entre lo urbano y el mundo de la naturaleza, muy sugerente. Los accidentes naturales se entrecruzan o habitan el relato de la familia en tránsito durante la primera parte de esta historia. Cabría introducir aquí el criterio de nuestra compañera Gretther que piensa que esta novela “es una ejercitación de los afectos a través de los sonidos y esos sonidos convertidos en palabras hacen como una simbiosis entre el propio sonido y la palabra escrita. Las palabras de Valeria crean un poema sonoro”.
  5. La novela hace este gran planteamiento: la migración como un estado natural y no como estatus. La franja de los niños migrantes es una zona límbica. Esta idea se hace reconstruyendo las historias de la apachería (deseo del marido), y también con la historia de Manuela y sus hijos (deseo de la protagonista). Gretther da una clave de lectura, también en este aspecto, y dice que la autora crea una

    ” F (r) icción común: la migración. Esas fugas al pasado, hacia las tribus desplazadas y masacradas presuponen quizás, un oxímoron: en el pasado los emigrantes desplazan a los pueblos originarios. En el presente los nacionales expulsan y denigran al migrante”.

Esta zona límbica, este gran borde es el territorio del terror. Es aquí cuando se funde el acontecimiento trágico de los migrantes con el acontecimiento trágico del deterioro de la pareja. Una muestra del mundo interior y su complejidad y una muestra del mundo exterior y su brutalidad. Durante todo el texto hay una confrontación entre los dramas personales y esos dramas ontológicos trascendentales y despiadados. El desierto parece anudar/acunar estos acontecimientos y el vehículo de expresión es la poesía que detiene el tiempo de la Historia.

  1. Ayer Cecilia, se preguntaba sobre qué diferencia hay entre la autobiografía y la autoficción. Más bien, repensando esta diferencia, Desierto sonoro sería un gran ensayo, pero sobre todo una Memoria. La memoria trasciende el ámbito de la intimidad del yo, se vuelve humanidad. Valeria Luiselli no cuenta solo una separación que puede ser la suya; Valeria Luiselli coloca en el mapa literario ficcional un asunto que va a explotar y que es la presencia de centros de detención, mal llamados “refugios”, que diría yo constituyen sistemas de micro esclavitudes dentro de un estado (ya despótico): espacio y territorio dentro de un estado macro, con sus propias leyes y sus propias formas desintegradoras de las identidades. Porque si hay alguna cosa que logran estos centros de detención es destruir a la persona, no cualquier persona, sino al extranjero, ese otro siempre odiado. Esto está ocurriendo ahora, a vista y paciencia del mundo y no hacemos o podemos hacer nada. Esta novela nos ayuda a ver, paradójicamente en una tiempo en donde la imagen está saturada, en donde su uso está más que pervertido, en donde la superabundancia y la precisión de la técnica de la imagen no permite ver. ¿Qué es lo que este Estado no permite ver? Este Estado oculta el cuerpo de niños, de cientos de miles de niños.
  2. Esta novela es una metáfora invertida de las frases: “Para siempre”, o “Por siempre jamás” o la famosa love never dies de Drácula. Es la constante de una relación de “dos mudos” que viajan juntos. Casi no hay diálogos entre la pareja, pero están los pensamientos de la poderosa voz narrativa que se empeña por armar el rompecabezas de algo que ocurrió hace mucho y que se dilucidará a través de los desplazamientos del viaje.

    “El problema -mi problema-, es que probablemente sigo enamorada de él, o al menos soy incapaz de imaginar la vida sin ser testigo de la coreografía cotidiana de su presencia: esa manera suya, distraída y reservada, a veces imprudente pero del todo encantadora de caminar por un espacio mientras graba sonidos… “(P.106)

La pérdida del amor. ¿Cuáles serían los sonidos de la melancolía del amor? La protagonista compra dos libros: El amante de Marguerite Duras y también Hiroshima mon amour. También compró un mapa. No lo necesita, pero lo compra. Otro relato enmarcado: los padres de la protagonista viajan por la India y en ese cuento la anécdota de cómo el padre deja salir el nombre de una mujer que no es la madre de la protagonista. La tormenta. Un reproductor de discos destrozado contra las rocas y luego, dice la narradora, qué pasó luego: “Se casaron, nos tuvieron a mi hermana y a mí, en algún punto se divorciaron y vivieron felices para siempre”.

  1. Toma sentido el verso de E. Carrión: “Se escribe desde la niebla hacia la niebla”. Mientras avanzamos de Nueva York hacia la frontera del sur de California y somos testigo de los sonidos que pueblan el discurso de este texto hay una cosa que es clara: la niebla. Aún con toda la intención de poder dilucidar, de poder explicarse o explicarnos la simple pregunta de ¿qué nos pasó?, toda esa reconstitución de pruebas de ejercicios del afecto, como se los ha llamado, muy poco nos dejan ver y más bien, nos proporcionan más razones para seguir indagando. Porque la travesía nunca tiene un destino, sino que es ella el sentido del viaje. La armonía del paisaje observable contrasta con la desarmonía de las personas. Somos seres desarmónicos que buscamos restaurar algo que parece que perdimos. La melancolía se extiende: la pareja se pierde más, los niños se pierden, y lo único posible parece ser guardar los sonidos para poder luchar contra el olvido.

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